sábado, 14 de junio de 2008

Clarinero, creador y amigo

Luis Rocha


Minipresentación

Este artículo fue publicado el 18 de octubre de 1997, con motivo de los ochenta años de Camilo Zapata. Pasado mañana, lunes 25 de septiembre, Camilo llega a sus ochenta y nueve años, y como el afecto es el mismo, lo publicamos nuevamente.

Cuando Camilo Zapata, sin saber por qué, cayó de espaldas sobre la tierra la mañana del 31 de marzo de 1931, tenía catorce años sin cumplir y por supuesto para él fue un total desconcierto ver la estampida nerviosa y desordenada de la gente huyendo de aquel terrible terremoto. Camilo había ido a jugar con unos amigos al patio de la Nicaragua Machinery, esquina opuesta a lo que después sería el Mercado Bóer, y aturdido en un principio tomó la dirección contraria a la de su casa, hasta que percatándose de su error cogió el camino correcto para encontrar a su madre, Amalia Zúniga Urtecho, quien ya lo estaba buscando desesperada.

Camilo había nacido el 25 de septiembre de 1917, en la ciudad de Managua, en el Barrio de la “Escuela de Artes”, a escasos cuarenta metros del gran galerón en donde eran reparadas locomotoras y carruajes del Ferrocarril del Pacífico de Nicaragua, casi a orillas del Lago de Managua y más o menos a quinientos metros al oeste del Parque Frixiones. Su abuelo paterno se llamó Ramón Arnoldo Zapata, y su padre, Benjamín Zapata Ortega, era originario de Chinandega. Su abuelo materno se llamó Camilo Zúniga Urtecho, y su madre, como ya dijimos, Amalia Zúniga Urtecho, originaria de Chinandega.

¿Qué nombre le ponemos?
Pacífico, afable, caballero, buen conversador, creador del Son Nica, “Clarinero Mayor” como lo llama Carlos Mejía Godoy, nunca fue Camilo un hombre polémico, sino que más bien indiscutible. Sin embargo, a la hora que le iban a poner su nombre sí hubo polémica, o al menos discusiones. “Cuenta mi madre -me dice en unas hojas que tituló decires de mi madre- que hubo discusión entre ella y mi padre por el nombre que debía llevar. Mi padre proponía el nombre de mi abuelo paterno, o sea Ramón Arnoldo, y mi madre y todas mis tías el nombre de su padre, o sea Camilo. Cuando mi padre comprendió que era imposible ponerse de acuerdo, furtivamente se fue al Registro Público de Managua y me inscribió como Ramón Arnoldo”.

“Sin embargo sustancialmente fui criado, además de por mi madre, entre tías de la familia Zúniga y por ello, todos acabaron en llamarme con el nombre de ‘Camilo’, o sea el nombre de mi abuelo materno, fallecido antes de que yo naciera, y así fui creciendo entre este ambiente familiar hasta mi adultez, pensando yo que realmente me llamaba Camilo”.

¡Una monografía sobre Camilo Zapata!
Cuando no por lo menos un libro sobre la vida y prolífica obra musical de Camilo Zapata, se hace urgente que estudiantes de algunas de nuestras universidades se den a la tan necesaria tarea de escribir sus tesis o monografías sobre este hombre tan singular, productivo, topógrafo y andariego y cronista del alma musical de lo nicaragüense. Un gran reto espera a quien realice esta grata tarea, pues además de necesaria para todos los nicaragüenses, puede estar seguro de que en Camilo encontrará una fuente inagotable de datos: pura vida, canciones que ha compuesto a lo largo de su fructífera vida y personajes que le fueron y son contemporáneos. Una iniciativa de parte de las universidades para esta labor, quizás hasta pueda culminar, o mejor dicho de seguro podrá culminar en la publicación de esa tesis o monografía en forma de libro, y será un inestimable aporte para la historia de la música nicaragüense.

Y ahí está Camilo como una inagotable Fuente de Castalia, produciendo a todo vapor y según él con más de quinientas canciones, de muchas de las cuales ya no tiene memoria, pues comenzó a componer entre los trece y catorce años y nadie tiene ya registro de todas ellas, pero entre las cuales sí están presentes entre nosotros las siempre antologizables: “Caballito Chontaleño”, “El Cacao”, “El Sopapo”, “El Solar de Monimbó” (que a su gusto es la mejor dentro de las de Son Nica), “Ticuantepe”, “El Toro de Teodoro”, “Amor Pervertido”, “Mi Pueblo”, “Hacienda Boquerón”, “Isabel”, “Teustepe”, “Flor de mi colina”, “Campesina salamera”, “Juana la chinandegana”, “El arriero” (considerada por Salvador Cardenal la primera canción de protesta nicaragüense), “El ganado colorado”, “El marimbero”, “El nandaimeño”, “Un favor te pido”, “Regalame tu pañuelo”, “Meloncito de Zambrana”, “La molienda”, “Mi pueblo”, “Morenita de Subtiava”, “Minga Rosa Pineda” y “El erial”.

De 500 canciones, dice, más de la mitad se han perdido, y es dentro de la música regionalista de donde surge, brioso y pujante, corriendo por todos los cañaverales y colinas de nuestra patria, el Son Nica. Pero su basta producción incluye boleros, tangos, vals, fox, blues, pasillos, etc. y es que desde la corta edad de seis años ya sentía predilección por la música. Aprendió de su hermano Benjamín muchas canciones rancheras mexicanas, pero su deseo más profundo, aunque fallido a tan corta edad, era componer, y fue a esa misma edad que su madre, que era Evangélica Bautista, lo matriculó semi-interno en el Colegio Bautista. A los ocho años ya cantaba con suficiente métrica y entonación, de tal forma que cuando su madre hacía reuniones amistosas-familiares le daba “el honor de cantar frente a esas amistades y familiares”, quienes lo alentaban, así como sus amigos de adolescencia, cuando ya tenía entre trece y catorce años, que es cuando recuerda que comienza a componer.

La estela musical de Camilo Zapata continúa -aunque yo no estoy poniendo sus composiciones en orden cronológico-, con: “Cara al sol”, “Hoy”, “Allí estás tú”, “Cariño”, “Sobran motivos”, “Chico Pérez”, “Tal vez cansada”, “Rival”, “Maribel”, “Aroma en tus cabellos”, “Navidad”, “Tirado al olvido”, “¿Qué me has hecho?”, “Las suegras”, “Primavera”, “Mi pueblo”, “Reconciliación”, “Culpable”, “Mis amores”, “Ya ves” y “Botoncito de flor” para sólo mencionar otras tantas de la infatigable labor de nuestro Clarinero Mayor.

Recuerdos de la infancia
En sus decires de mi madre, agrega: “Mi abuelo materno fue un hacendado de muchos recursos, pero a su muerte no testó y en la distribución de bienes las hijas mujeres, que eran bastantes, recibieron poca cosa del capital. Mi madre era institutriz y con el pequeño recurso de su herencia compró la casita ubicada en el barrio en donde nací, pero cumpliendo con su trabajo fue asignada a una escuela de la ciudad de Rivas, por lo que tuvo que vender la casita en referencia. Para entonces yo tendría tres años y medio”.

“Tengo un vago recuerdo de ese entonces. En Rivas vivíamos en una casa de tambo y construcción alargada. Tenía dos apartamentos: En uno vivíamos nosotros y contiguo vivía Julio Martínez (quien tiempo después fuera el propietario de la pujante empresa “Julio Martínez”). Cuenta mi madre que con este último tenía fraternal amistad y que un día nos metimos a la cocina de Julio, y que entre él y yo nos comimos un huacal de sal”.

“Como consecuencia de aquella hartada, cada quien apareció en su respectiva vivienda, timbón y pidiendo agua constantemente. Averiguado el origen de aquella sed tan anormal, nos pusieron lavativas y purgantes hasta lograr aliviarnos”.

“De regreso a Managua mi madre compró una casa mucho mejor, por la Escuela de Artes”, y allí vivimos hasta cumplir yo los cinco años y medio. Esta Avenida Bolívar era una calle angosta, de tierra, y las aceras eran altas. Durante el invierno se convertía en un caudaloso río de agua sucia y muy peligroso por su torrente y velocidad. En esta vivienda padecí de sarampión y quizás por la fiebre que produce este mal, una vez estaba delirando. Resulta que a pesar del gran cariño que le tengo a los perros, estando acostado en mi tijera creí ver acercarse un perrito negro que presurosamente se introdujo debajo de mi cama. Lleno de terror grité, y mi madre y hermanos llegaron corriendo. Les dije lo que había visto: Buscaron y no encontraron nada”.

Otros recuerdos
Posteriormente la madre de Camilo negoció el cambio de aquella casa por otra ubicada de la esquina oeste del Parquecito San Pedro, dos cuadras al oeste y más o menos sesenta metros al sur, a mano izquierda. Ya no volvieron a aparecer los perritos negros y poco a poco Camilo, repleto de canciones, sigue adentrándose en su madurez.

Hace poco más de dos años me llevé a Camilo Zapata a un encuentro histórico en Estelí, propiciado de común acuerdo con nuestro amigo el Dr. Ulises González. Se trataba de una guitarreada en la que iban a estar don Felipe Urrutia y sus cachorros, el Dr. Wilfredo Álvarez quien también iba con nosotros y “otros músicos y poetas”. Don Felipe no conocía a Camilo y por ello aquel encuentro cálido, espirituoso y fraternal, fue realmente histórico y apoteósico. Toda una mañana y una tarde de mazurcas y polcas norteñas por un lado, y sones nicas por el otro, con toda clase de música de por medio. Pero lo más interesante de todo fue que en los descansos o “intermedios’’ Camilo se desaparecía misteriosamente. Fue entonces que averigüé que no andaba buscando al perrito negro de su infancia. Tigre, aunque no viejo ni echado, Camilo estaba cazando una preciosa adolescente de ojos azules, muy norteña, que con la maliciosa complicidad de sus padres, correspondía amable y dulcemente a los galanteos del Clarinero Mayor. Daisy Francisca Quintero Herrera se llama la nínfula que calentó la frente de Camilo y también la de Felipe Urrutia. Una tanda más de canciones y Daisy estaba definitivamente inclinada a favor de Camilo, quien ya posaba estrechando a la bella muchacha. Pero como al mejor mico se le cae el zapote, en uno de sus paseítos por el corredor junto con la muchacha, se encontró con una señora que cargaba una niña de quizá un año de edad, y muy orondo le preguntó a la señora: “¿Y esa niña quién es?” -“Su cuñada”- le respondió pícaramente la madre de Daisy.